Américo Lugo en su libro Protesta: "Todo es preferible a la intervención extranjera, preferible la tiranía, preferible las revoluciones, preferible la miseria, preferible la muerte. Apresurémonos a erigirle una estatua al último de los caciques"

Cincuenta años

villeta

Era imposible subsistir en medio de esas montañas de piedra y olvido. Sumisión de hombres que nunca conocieron la libertad, y que tampoco escucharon el toque de clarín de los que deseaban romper cadenas. Un diario escrito en medio del tableteo de las ametralladoras y un octubre con un final para el cuerpo terrenal.

El cuerpo puede volver al polvo, pero las ideas se eternizan. Los hombres alcanzan posiciones cimeras en la historia no por el uniforme, el tamaño o estatura, las pelotas o la prepotencia: sólo las firmes ideas y el pensamiento claro pueden vivir eternamente.

Hace 50 años el foquismo  era visto como la forma ideal de lucha. Era tomar las armas e irse para las montañas. Un grupo guerrillero casi nómada iría ampliando el terreno de lucha, para hacer una gran revolución de masas. El foquismo fracasó, pero no las ideas emancipadoras.

Cincuenta años es mucho para un hombre. Se es viejo para unas  cosas, joven para otras, si el conteo se comienza de cero. En  medio siglo la América que tú dejaste en Camirí cambió, pero a pasos tan lentos que no se percibe. Bueno marxistas y cristianos están de acuerdo en  una máxima: hay días que duran mil años, y hay mil años que se condensan en un día.

En esos 50 años desaparecieron los gobiernos militares, las dictaduras civiles, murió lo mejor de la juventud en las luchas armadas que se dieron. Hay el mismo dominio económico de las eternas castas gobernantes, el poder imperial es el mismo. Pero surgieron gobiernos liberales, encabezados por Torrijos, el de Panamá, hasta Chávez, el de Venezuela. Militares con nueva cara que no pudieron completar su obra.

¿Valió la pena el sacrificio de hace 50 años?. La muerte es el fin de la fuerza material. Las ideas no desaparecen, a veces se transforman y en otras se congelan, pero resurgen y se irradian  por el espacio. Creo que sí, valió la pena. Para un hombre, 50 años es la vida eterna, pero para cambios sociales no pasa de ser un párrafo.

Los tiempos han cambiado, y los métodos también. Con la concertación y el diálogo hoy se logran nuevas alternativas y salidas. Pero estamos en medio del lodo. La caída de las ideologías lanza al tercer mundo al vacío. La lucha hoy es por una simple sobrevivencia. La igualdad y la solidaridad para muchos no pasa de ser un estribillo más.

Tu foto pasó a ser icono  de publicidad. Te convertiste en estrella de rock, en bolso para la playa, en portavaso, en una campaña publicitaria donde se trató de vencerte no con balas, sino sepultando tu nombre en la moda del consumismo.

Comandante mantén las páginas de tu diario abiertas. Tienes que seguir escribiendo. Tienes que seguir luchando. América Latina está en medio del abandono, de la crisis social, de la explosión sin carburante ni tea incendiaria. No es el fin de la historia ni de la ideología, pero si el congelamiento de atreverse a pedir un cambio.

Vale la pena cualquier sacrificio para hacer feliz a los demás. Hace 50 años tú pagaste el precio por difundir tus ideas y luchar por transformar las estructuras del continente. Ah, por Dios, esas consignas retumban en el frontispicio de la historia: hay días que duran mil años, y hay mil años que se condensan en un día. ¡Ay!, se me acabó la tinta.