Américo Lugo en su libro Protesta: "Todo es preferible a la intervención extranjera, preferible la tiranía, preferible las revoluciones, preferible la miseria, preferible la muerte. Apresurémonos a erigirle una estatua al último de los caciques"

Intervención norteamericana

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Vivimos en una era de la globalización, y donde el mundo es abierto y libre. Ya no hay un país que sea una aldea sumergida en el aislamiento, sino que dondequiera hay una comunicación efectiva. Por los medios modernos de comunicación, desde televisión satelital hasta el internet, ya no hay secretos ni voces ocultas.

Pero siempre es odiosa la intervención en los asuntos internos de un país. Es un acto de prepotencia cuando una gran potencia se mete en los asuntos intestinos de una nación pequeña y pobre.  Las intervenciones son repudiables, sea que se ejecuten por la vía de las botas de los soldados, por presiones económicas, o en discursos pronunciados en inglés, con traducción en español.

Los dominicanos en particular  tenemos que ser contrarios a cualquier tipo de intervención, aún hasta de pensamiento, porque hemos conocido en carne viva lo que significa que un país extraño ponga sus  sandalias en nuestro territorio.

Nos tocó libertarnos de Haití que nos sojuzgó por más de dos décadas, pero finalmente gracias a la acción libertadora de las mujeres y hombres  encabezados por Juan Pablo Duarte se pudo proclamar la república un 27 de febrero de 1844.

Los españoles también nos intervinieron y se dio una guerra muy sangrienta, la Restauración, para echarlos de nuestro territorio. Los norteamericanos han invadido en dos ocasiones a la República Dominicana para  evitar que surja la democracia en el país.

Los dominicanos han defendido con fiereza su derecho a ser un país libre y soberano,  sin estar de hinojos ante una gran potencia. La libertad de que disfrutamos costó mucha sangre y muertes. Esa libertad que para muchos no tiene importancia, no fue regalo de nadie.

En época reciente los representantes de Francia, los Estados Unidos, Canadá y organismos internacionales como las Naciones Unidas han pecado de impertinentes, han querido tratar a este país como si fuera una colonia bananero. De nuevo surge ese americano feo, que con el garrote al hombro quiere someter a la obediencia a los que tienen derecho a ser libres y soberanos.

Hace unos meses padecimos la soberbia, la prepotencia, la descortesía y los abusos del pasado embajador de los Estados Unidos. Quiso imponer su cartilla sobre la mezcla  política de República Dominicana y Haití, y buscó cambiar valores tradiciones de moral y cívica de los dominicanos.

En el país hay corrupción en todos los niveles de la vida. Desde el sector público, el área privada, el ciudadano de a pie, el encopetado, la mujer alegrona. Cierto, lo reconocemos y contra ello hay que luchar. Los responsables deben ser llevados a los tribunales, para que se les sancione o absuelva en un juicio oral, público y contradictorio.

Pero no es misión del agregado comercial de los Estados Unidos, embajador en acción, restregar en la cara de los dominicanos todos sus males y desventuras. Es una injerencia intolerable.  Los hombres y mujeres de este país son los que tienen el derecho y la obligación de sanear nuestra vida pública. Detrás de toda acción intervencionista de los norteamericanos nos dejaron dictaduras, gobiernos militares y la corrupción en todos los aspectos.

Rechazamos la injerencia de funcionarios norteamericanos en temas que deben ser tratados y corregidos únicamente por los dominicanos. Nadie puede trazarnos camino, nadie puede ponernos un narigón, para conducirnos hacia donde quiera. Si no tenemos la dignidad para llenarnos de ira por un gesto interventor, entonces no merecemos vivir en un país libre y soberano. ¡Ay!, se me acabó la tinta.