Américo Lugo en su libro Protesta: "Todo es preferible a la intervención extranjera, preferible la tiranía, preferible las revoluciones, preferible la miseria, preferible la muerte. Apresurémonos a erigirle una estatua al último de los caciques"

Juventud acorralada

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La juventud está acorralada en un laberinto de iniquidades. A veces es una falsía celebrar un día dedicado a la juventud, y antes y después olvidarse de cuál es el derrotero de esa primera generación. Jugamos a la ruleta rusa, apretando el gatillo de las disconformidades, sin saber hacia dónde irá el porvenir.

Con una juventud castrada, sin presente y sin futuro, no tenemos nada cierto.  Hay un número importante de jóvenes dominicanos matriculados en las universidades, instituciones técnicas y vocacionales, y eso es bueno. Sintetiza que todavía se mantiene la esperanza.

Pero la casi  totalidad de esos jóvenes cuando terminan los estudios o la enseñanza práctica se quedan con los brazos cruzados. No hay capacidad para ofrecerles su primer empleo. No pueden entrar a la competencia para avanzar por el mundo del ascenso en base a la capacidad.

Es atormentador el número de muchachos que entra a la escuela secundaria, pero no termina el bachillerato, y de ahí los que van a las universidades y desertan luego de un par de años. Hay una ley del embudo, en que los hijos de las familias tradicionales y algunos elegidos de la suerte, son los que mejor se prepararan, y los que seguirán gobernando el país, como parte de una herencia ancestral.

La juventud que nos tiene que preocupar, es la que no va a los premios, la que no asiste a las universidades, y la que a duras penas se ha alfabetizado. Para esa juventud, reducto de la marginalidad y la afrenta social, solo hay amarguras, y el ascenso personal  es algo prohibido. Si la juventud mayoritaria, con olor de pobreza y abandono, sigue alejada de los medios de producción y de los estudios, entonces nuestro volcán ya está en erupción.

Muestra de las desavenencias sociales y de una juventud sin Norte son los dolorosos casos de las madres-niñas, de los adolescentes metidos a pandilleros, a consumidores y vendedores de drogas y a sicarios. Allí está nuestro futuro ahogada en el cieno y la podredumbre.

No se están trabajando en el país las consecuencias de esa grave exclusión social. Se está jugando con el futuro de todos. Sin la integración de ese segmento mayoritario a la sociedad, arrimamos la tea de la discordia a un barril de pólvora a punto de explosionar.

En lo personal tengo fe en el futuro nacional, en esa juventud que subsiste a duras penas, pero los que pueden mejorar su estatus le están dando las espaldas. Cierran las puertas a que entren al siglo 21 los menesterosos, los don nadie, los hijos de la calle. Así vamos mal.

En esos días dedicados a la juventud, hay que reflexionar. Juventud sólo hay una, pasa rápido y veloz. Es el momento de prepararse para los retos de la vida. Cuando el tren pasa de largo y no da tiempo a que nadie se monte, en la próxima posta se puede dar el descarrilamiento  y el incendio. Cada día es más difícil franquear la barrera de las diferencias económicas y sociales. Hay tiempo todavía para abrir puertas, antes de que las murallas sean destruidas con  nuevos toques de trompeta. ¡Ay!, se me acabó la tinta.